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Falsos mitos: El vino tinto, a temperatura ambiente

Para responder esta cuestión haremos un ejercicio de imaginación: mirad atrás unos años… unos siglos, hasta finales de los años 40 del siglo XX. Ahora, salid de la ciudad y viajad al campo, a una masía o si lo preferís y os gusta el lujo, a un castillo.

En aquella época no había calefacción central, ni aire condicionado en verano. Las casas eran muy frías y las hogueras en el suelo escalfaban las habitaciones de vida comuna como los comedores y los salones.

El vino se guardaba en la bodega, normalmente en el subterráneo donde había una temperatura constante de entre 12 y 14 grados. Esta era la temperatura de guarda perfecta porque mantenía el vino y lo hacía evolucionar lentamente.

Los vinos más potentes y especialmente tánicos se iban domando poco a poco. La acidez se atenuaba y los taninos se hacían más amables. Estos vinos de guarda se consumían en ocasiones especiales, y para el día a día, se bebía vino joven del año. Menos vigoroso y más afrutado.

Los taninos que nos provocan la sensación de astringencia en la boca también pueden aportar notas amargas que se acentúan con el frío. Además, en a temperatura de la bodega las aromas del vino quedan muy apagadas y en la nariz encontraríamos un vino muy poco expresivo.

Por esta razón, cuando lo subían al comedor lo dejaban que cogiera la temperatura de la cámara, que en aquella época sin calefacción era de unos 18 o 19 grados, una temperatura más que confortable.

Esta es la temperatura perfecta para servir los vinos tintos con crianza, donde los taninos no expresan amargor y las armos sobresalen con finura.

Hoy en día, nuestras casas están sobre-calentadas y la temperatura “de confort” habitual en nuestros hogares, acostumbra a ser de 22 grados o más. Con esta temperatura, el elemento más volátil del vino, el alcohol, es el primer compuesto que sentimos, haciendo que rápidamente podamos encontrar un desequilibrio en el vino.

El vino se nos hará pesado y no nos apetecerá tomar otra copa. Por esta razón, en el momento que sintamos un desequilibrio, el vino no se disfruta igual.

La recomendación actual es que los vinos tintos se pongan un cuarto de hora o 20 minutos en la nevera antes de servirlo. De esta manera nos aseguramos que, aunque la primera copa la sirvamos a unos 16 grados, que lo hará fácil de beber, la segunda copa ya estará a la temperatura perfecta.

Recordad que esta temperatura es la recomendada para vinos de cuerpo medio o grande, con una crianza importante en bota de roble como en botella. Nuestros vinos Vinya La Scala Cabernet Sauvignon Gran Reserva, Vinya Le Havre Cabernet Sauvignon Reserva o Vinya Palau Merlot, por ejemplo, los disfrutaréis mucho más a esta temperatura.

Mientras que los vinos jóvenes con poca crianza se pueden servir a una temperatura un poco más fresca. Un 3055 Merlot Petit Verdot lo podéis mantener a 16 grados y seguro que lo disfrutaréis con un buen atún, un bacalao o incluso, pollo.